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Permiso para narrar una pandemia en Palestina

Este escrito describe la lucha por crear un espacio para la discusión y la investigación académica sobre los impactos en la salud del continuo sufrimiento infligido al pueblo palestino.

Por Bram WispelweyRania MuharebMads Gilbert 

 

La extensión de la censura académica sobre Palestina al mundo médico es, a pesar de su omnipresencia, relativamente desconocida. La última acción ha sido la eliminación de la web de la revista The Lancet una carta que destacaba la vulnerabilidad de Gaza ante la pandemia de Covid-19, después de una rápida y fuerte campaña de presión contra la revista. Aunque los efectos inmediatos fueron mínimos, a pesar de su corta vida útil, la carta se encuentra en el 5% de las publicaciones científicas más discutidas (nota1) – el efecto escalofriante de tales campañas en escritores y editores es profundo y duradero-.

Este escrito describe la lucha por crear un espacio para la discusión y la investigación académica sobre los impactos en la salud del continuo sufrimiento infligido al pueblo palestino.

Mientras los palestinos conmemoraban el Día de la Tierra el 30 de marzo (nota2) The Lancet, una de los más antiguas y prestigiosas revistas médicas del mundo, silenciosamente eliminó de su sitio web la carta que se publicó tres días antes (nota3). En poco más de 400 palabras, “La violencia estructural en la era de una nueva pandemia: el caso de la Franja de Gaza”, profundizaba en las fuerzas políticas e históricas que han hecho que el pueblo palestino de Gaza sea particularmente susceptible a un brote inminente del Covid-19. Reflejando las numerosas advertencias que se publican en otros lugares, incluyendo una declaración de 20 organizaciones de salud y derechos humanos palestinas, israelíes e internacionales (nota4), nuestra carta destacaba el impacto de las pandemias sobre “poblaciones empobrecidas, bajo ocupación militar, y con una discriminación y opresión institucionalizada «. Su tono crítico era consistente con otros comentarios de The Lancet dirigidos a diversas respuestas nacionales y mundiales del Covid-19 (nota5).

Si bien esperábamos que la eliminación rápida de la carta fuese solo un error técnico, nuestra experiencia trabajando sobre Palestina nos hizo sospechar lo contrario. Una pista nos llegó a través del tuit eufórico de un endocrinólogo canadiense, que había estado involucrado anteriormente en presionar para censurar la investigación que conecta la ocupación de Israel y los abusos de los derechos humanos en la salud de la población palestina. Al día siguiente comprendimos el ímpetu que había detrás de la repentina desaparición de la carta: un mensaje había circulado por la comunidad científica en los Estados Unidos (y más allá) llamando – irónicamente, dada la hostilidad a las llamadas de boicot similares dirigidas a Israel – a un boicot a The Lancet por la publicación.

Para comprender la rápida decisión de la editorial de The Lancet de eliminar la carta tenemos que remontarnos a 2014. En el apogeo del ataque militar a gran escala de Israel contra la Franja de Gaza, The Lancet publicó «Una carta abierta para el pueblo de Gaza» (nota6), lo que provocó una agresiva campaña de varios años con exigencias de que tanto la carta abierta como el jefe de redacción deberían de desaparecer. Ambos se quedaron, después de una revisión exhaustiva por parte del defensor de los lectores de The Lancet la controversia culminó, si bien, también se publicaron cinco artículos en una serie The Lancet 2017 diseñada para «Destacar los logros de Israel en la salud y la atención sanitaria». (nota7) aunque los documentos conmemoraron uno de los sistemas de salud más eficientes del mundo, faltaba cualquier discusión sobre la opresión institucionalizada de Israel sobre el pueblo palestino que deja a millones sin la capacidad de desarrollar o incluso acceder a una atención médica igualmente ejemplar. De hecho, los autores del artículo introductorio de la serie decidieron «no abordar de manera integral cuestiones históricas o políticas, excepto cuando estén directamente relacionadas con la salud ” (nota9), como si hubiera otro factor que determine las severas desigualdades en salud (y otras) entre los habitantes israelíes-judíos y palestinos de la región. (nota10).

Las secuelas de la publicación de la carta de 2014 explican cómo The Lancet, con un perfil valiente y casi único, dispuesta a narrar sobre las fuerzas políticas e históricas que impactan en la salud palestina, llegó a publicar una edición completa sobre la salud en Israel. Tal vez el ejemplo más destacado de «lavado de la salud o heathwashing – que mantiene todos estos temas escondidos bajo la alfombra”. «Una carta abierta para el pueblo de Gaza» denunció el asalto militar de Israel en 2014 en la Franja sitiada, destacando la matanza generalizada y las lesiones graves de civiles palestinos, incluidos los niños. Se destacó la extraordinaria pérdida de infraestructura, dejar a más de 100.000 personas sin hogar (nota11), y los dramáticos impactos del bloqueo de Israel, cada vez más estricto con el acceso a medicamentos esenciales, alimentos y agua potable. Los autores criticaron la complicidad de los terceros estados, así como la de los profesionales de la salud israelíes que no se pronunciaron en contra de esta masacre (nota12).

Precisamente la misma complicidad la señaló The Lancet en un editorial después del asalto militar de Israel de 2008- 2009 a la Franja de Gaza (nota13). Los editores de la revista deploraron el «silencio de asociaciones médicas nacionales y organismos profesionales de todo el mundo en respuesta a esta destrucción de los servicios de salud”, destacando a los líderes de asociaciones médicas, quienes «por su inacción, son cómplices de una tragedia prevenible que puede tener consecuencias para la salud pública no solo para Gaza, sino también para toda la región”. En un contexto de impunidad generalizada de Israel (nota14), las declaraciones de The Lancet de 2009 y 2014 fueron, y siguen siendo, llamamientos audaces a la acción. Cada coyuntura histórica estuvo acompañada por la expectativa de que ahora, finalmente, el mundo se va a poner de pie y abordará las causas fundamentales que prolongan la injusticia y el sufrimiento del pueblo palestino. Aunque esto finalmente no ha ocurrido, The Lancet ofreció a los lectores la opción de agregar sus firmas a una carta en el 2014 (nota15); decenas de miles lo hicieron, lo que indica que una cuerda donde la indignación resonó fuertemente.

Pero las acciones militares tan extremas de Israel en el verano de 2014 no diluyeron el clamor reaccionario de sus defensores en todo el mundo. La respuesta a la carta de The Lancet tuvo dos formas. Primera, hubo una gran cantidad de cartas y correos electrónicos totalmente ofensivos lanzados a The Lancet en general, y al editor jefe de la revista, Richard Horton, en particular. Y no solo a Horton, quien fue vilipendiado como antisemita con una foto de un nazi uniformado junto a él. El abuso verbal se extendió a su esposa y a su hija de edad escolar, todo esto recuerda los ataques personales contra el juez Richard Goldstone después de la publicación de 2009 de su informe de la Misión de Investigación de las Naciones Unidas sobre Gaza, que incluyó hasta un intento de prohibirle asistir a la ceremonia mitzvá de su propio nieto en una sinagoga en Johannesburgo (nota17).

El acoso a los editores médicos que publican material crítico con las políticas y acciones de Israel son anteriores al asedio actual a la Franja de Gaza. En 1981, el editor de World Medicine, Michael O’Donnell, fue el blanco de una campaña igualmente agresiva, que en última instancia provocó su despido e incluso la disolución de la revista. Lo que O’Donnell dejó claro en su crónica de 2009 de los ataques de 1981 fue que no eran gritos espontáneos de protesta, sino campañas de presión cuidadosamente orquestadas y diseñadas para oscurecer la verdad sobre la negación sistemática de los derechos de los palestinos por parte de Israel. El objetivo no es solo silenciar editores sino inhibir a los posibles escritores, muchos de los cuales temen razonablemente consecuencias personales. «La técnica ha perdurado durante décadas porque es eficaz», O’Donnell escribe, “si este resurgimiento en 2020 tiene algún significado, será para probar y cuestionar si esto sigue siendo así”.

El segundo tipo de respuesta a la carta de 2014 llegó en forma de movilización tácita de poderosos intereses para limitar la libertad de expresión sobre los efectos en la salud de las políticas y prácticas israelíes. Estas tácticas son ahora bien conocidas fuera del mundo médico (nota19), y se incluyen dentro del contexto más amplio de los esfuerzos concertados liderados por el gobierno israelí para prohibir la solidaridad palestina y deslegitimar a los defensores de los derechos humanos, las organizaciones y los activistas que desafían los abusos de Israel y buscan justicia y rendición de cuentas. (nota20) En enero de 2015, identificando explícitamente la carta de 2014 de The Lancet como el motivador (nota21), los presidentes de la Asociación Estadounidense de Diabetes, la Asociación Europea para el Estudio de la Diabetes, la Asociación Estadounidense de Endocrinólogos Clínicos y la Sociedad Endocrina, así como los jefes editoriales de ocho revistas de diabetes y endocrinología, emitieron un comunicado de principios que proclamó “nuestras respectivas revistas se abstendrán de publicar artículos que aborden cuestiones políticas que están fuera de la financiación de la investigación de la salud o de la prestación de cuidados» (nota22).

Dejando a un lado la rareza de la falta de voluntad de los profesionales de la diabetes para abordar públicamente los factores políticos que impulsan la enfermedad en la que se especializan –una posición incluso más insostenible ahora que la pandemia Covid-19 ha expuesto de manifiesto los fundamentos políticos de la salud con tasas de infección y mortalidad drásticamente inequitativas (nota23) — una cuestión ética persiste aquí. ¿Debería permitirse a los médicos y científicos narrar públicamente las fuerzas históricas, estructurales, comerciales, sociales y políticas que conducen a muertes, enfermedades y sufrimiento? Dado el vínculo claro que existe entre estas fuerzas y la mala salud, y el consenso de que ignorarlos conduce a peores resultados (nota24), ¿No sería su deber, de hecho, hacerlo?

Tales preguntas recuerdan el influyente artículo de 1984 de Edward Said, «Permiso para narrar» (nota25), en el que yuxtapone los hechos históricamente indiscutibles de la agresión israelí durante la guerra del Líbano de 1982 con la percepción en los medios occidentales de que los palestinos eran los principales malhechores y agentes de violencia. «La secuencia lógica de causa y efecto como si opresores y víctimas fuesen fuerzas opuestas – todo esto se desvanece dentro de un envolvente nube llamada ‘terrorismo’”, señala Said. La narrativa está distorsionada más allá del reconocimiento, y «hay muchas posibilidades de que la ignorancia sobre la actitud de Israel hacia los palestinos se mantenga, sostenida con elogios sobre el espíritu pionero, la democracia y el humanismo de Israel «. Particularmente, cuando el silencio predomina en el contexto de violaciones prolongadas de derecho internacional y la impunidad está institucionalizada (nota26), las revistas médicas tienen una gran responsabilidad en narrar hechos dentro de lo que Said describe como una «narrativa socialmente aceptable, absorberlos, mantenerlos y hacerlos circular” (nota27). Para evitar la primacía de la ideología sobre la investigación científica, los editores deben permitir una crítica pertinente a las entidades poderosas, incluidos los estados, una voluntad que Richard Horton ha demostrado con frecuencia durante su permanencia en The Lancet (nota28).

Con el silencio sistemático de las voces críticas de las violaciones de Israel y la negativa a reconocer una contra narrativa palestina, cualquier perspectiva que resalte la primacía y las consecuencias de la agresión israelí parecerán indignantes para muchos, sea en el 2020 tanto como en 1982 o después de la expulsión palestina durante la Nakba («catástrofe») en 1948. En importantes revistas médicas, las narrativas sobre la salud palestina aparecen con poca frecuencia. Al examinar la literatura, las revistas médicas más destacadas de los Estados Unidos tienen solo una mención de Palestina por cada 20 menciones a Israel, y una proporción -también desequilibrada- de uno a cuatro para las principales revistas médicas del Reino Unido (nota29). Se podría argumentar que esto refleja una falta de producción científica en Palestina -que requeriría su propia explicación reflexiva-, nuestra experiencia —tanto reciente como histórica— sugiere que esto se explica por el rechazo de disponer de un espacio académico para aquellos que desafían a las narrativas de salud dominantes y motivadas ideológicamente. En su voluntad de eludir realidades incómodas históricas y políticas (nota30), el silencio sobre Palestina patrocinado por la asociación médica confirma esta sospecha, lo que implica una inclinación por la ideología en lugar de la búsqueda de la verdad en enfoques para comprender la salud. ¿Qué más podría motivar una declaración que promueva la censura de las causas fundamentales de las enfermedades?

De manera reveladora, los médicos y científicos que se lanzaron sobre The Lancet tras la publicación de nuestra última carta, no se molestaron en enviar una respuesta razonada para la consideración de la revista, tal vez porque algunos ya habían declarado «victoria» en las páginas de la revista del último año. En una carta triunfante (nota31), irónicamente política, dado que fue dirigida por un miembro de la junta de la Asociación Estadounidense de Diabetes (que también es editor asociado de una revista involucrada en la declaración de principio antes mencionada) (nota32), los autores celebraron el éxito de su autodenominadas «sanciones» contra The Lancet. Sorprendentemente, cuando se les preguntó si su boicot a The Lancet debilitaba el caso contra el boicot a Israel, uno de ellos dijo: “No teníamos otra opción” (nota33). Además de la probada eficacia histórica del sistema de intimidación (bullying) y censura promocionados y eufemizados en su escrito, hay otra plausible razón para evitar el debate académico sobre las afirmaciones de nuestra carta. Es casi seguro que ninguno de los que criticaron a la revista, ni en 2014 ni hoy, tienen experiencia viviendo con palestinos o trabajando en los centros de salud y por derechos humanos en Palestina. ¿En qué otro tema personas inexpertas y no preparadas pueden influir en los mundos de la salud y la ciencia? Y si, a pesar de la brecha experiencial entre nosotros, desean presionar, ¿no deberían tener que hacerlo con la misma plataforma disponible para todos, la de un discurso razonado?

Esta no es solo una discusión desde una torre de marfil sobre la libertad académica. Si el científico y las comunidades médicas se niegan a adoptar una posición firme sobre la censura, el acoso y las agresivas campañas de lobbying destinadas a silenciar las revistas académicas, el merecido miedo de incluso los editores más comprensivos, –que merecen nuestra firme solidaridad–, permitirán el continuo borrado de los hechos, las voces, las narrativas y las experiencias sobre la salud palestina. En “Violencia estructural en la era de una nueva pandemia: el caso de la Franja de Gaza”, argumentamos que “la violencia estructural arraigada en injusticias históricas, políticas y sociales determina patrones de salud y crea vulnerabilidades que dificultan la prevención, detección y respuesta a los brotes de enfermedades transmisibles «. En un momento en que los palestinos están excepcionalmente susceptibles a la pandemia de Covid-19, lo que está en juego en esta campaña de silencio en curso no podría ser mayor. Hay vidas en juego y las comunidades médicas y científicas de todas las tendencias deberían estar de acuerdo en que quienes censuran deben de ser expuestos, no tolerados.

 

Publicado en Middle East Policy, Vol. XXVII, No. 2, Summer 2020

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